viernes, 27 de julio de 2012

FINALES PROPUESTOS POR LAS ALUMNAS DE LENGUA Y LITERATURA

FINAL DE CUENTOamor, mi, profesor, pizarra



Alumna: Juliana A. Cantero
Profesorado de Lengua y Literatura
Cátedra: Trayecto de Práctica IV
Parcial Nº 1.

Salí del colegio con la mirada hacia el piso, con el desencanto  sobre los hombros como un viejo estibador. El regreso a casa fue penoso, tomé el colectivo, busqué sentarme solo, mi cabeza era un torbellino: la rabia, la  humillación, el fracaso me impedían ver lo que pasaba en las calles o en el  micro; todo era interior y subjetivo, me dolía el alma y sólo Dios pudo tener una  idea de mi pesar.

D’ambrosio… ¡qué insoportable! ¿Por qué no hicieron nada en la escuela con él? ¿O era sólo conmigo el problema? Y las chiquitas esas, hum.. “estamos haciendo un diccionariooo”, el escritorio, cuántos errores cometí, ¿subestimé la situación? ¡No, los docentes no estamos preparado para esto!, estudiar tanto y en este punto darme cuenta… sí, de que no sirvo para la docencia. Además mi padre, ya lo veía con su consabido gesto de “tenía razón ¿no?”.

Bajé del colectivo y pesadamente llegué a casa:

-          Hola. Dije a mi padre en el negocio y pasé rápido.

-          Hola. Respondió mirándome con preocupación, pero no agregó nada más y se lo agradecí íntimamente.

El silencio gobernó la cena, de vez en cuando papá me comentaba una que otra noticia a lo que yo respondía con monosílabos. Era noche de peña y llamé a Lucas para decirle que no saldría, sólo quería dormir, olvidarme de todo por un momento.

La mañana me sorprendió con un límpido cielo turquesa. Después del descanso nocturno mi pronóstico personal auguraba un día parcialmente nublado.



Tenía que tomar la decisión y en ella se jugaba mucho más que un sí o un no.  La sentíacomo un difícil acto de libertad donde mi futuro profesional, mi identidad y mi actitud hacia la vida tomaban parte.



Papá había aumentado el volumen de la radio porque la Negra Sosa cantaba ese tema que a él tanto le gustaba: “…merecer la vida es erguirse vertical, más allá del mal de las caídas,…hay tanta pequeña vanidad en nuestra tonta humanidad enceguecida,….porque no es lo mismo que vivir honrar la vida.”

 La canción me provocaba ruidos interiores, chillones a mis oídos pues me obligaban a tocar inevitables  verdades: los alumnos no me reconocieron como un docente válido, las clases fueron caóticas, la disciplina ingobernable, no admití que no sabía por nomostrar una debilidad más y evalué dejar la docencia antes de enfrentar un nuevo aprendizaje,  en otras palabras podría decir que me sentí cuestionado y quise correrme del camino.



Recordé un libro que leímos en la secundaria con la profesora de ética y al que recurrí en algunas oportunidades cuando tuve que tomar decisiones complicadas.

 Busqué en la biblioteca y allí lo encontré, algo destruido por el paso del tiempo y el pobre cuidado, Ética para Amador.En ese libro, pensé Savater explicabacon claridad y simpleza complejos dilemas humanos. Recorrí el índice, las páginas y en el capítulo dos leí lo que fue la clave para mi decisión:



Aunque no podamos elegir lo que nos pasa, podemos en cambio elegir lo que hacer frente a lo que nos pasa.



¿Qué podía hacer?  ¿Dejar que mis sueños pasen de largo o  aprovechar lo que me da cada día? ¿Mirar la vida desde la ventana o sentarme al festín? ¿Tomar lo nuevo como una oportunidad donde está todo por descubrir o dejarlo pasar? ¿Dejar que la rutina me aplaste o hacer de cada día un ejemplar único?



Estos pensamientos fluctuaron anárquicamente en mi cabeza durante todo el día y fueron madurando en el transcurso del fin de semana,  hasta darle  forma a una decisión que en realidad fue una elección. Así como años atrás elegí estudiar el  profesorado porque disfrutaba de la magia que transforma lo difícil en fácil y lo complicado en interesante, ahora volvía a elegir  ser profesor con todos los imposibles, los fracasos, los D’ambrosios ya sin magia pero con la felicidad de saberme protagonista, de pelear por lo que soñé.



El lunes volví al colegio, pasé por la secretaría y notifiqué mi  continuidad en  el reemplazo, decisión que celebraron.

-          ¡Buenísimo!, es tan difícil encontrar un profesor para…

-          Sí, para ese curso. Dije casi susurrando.

Y aunque mi ánimo no era  festivo una integridad erguía mi alma y también mi cuerpo,  caminaba hacia el aula y por los corredores del colegio se escuchaban los cánticos e irónicos raps de los alumnos de 4º A  quienes los entonaban  al verme llegar, pero  no me iba a doblar como una caña al viento porque  Marcelo Acosta, había elegido, había decidido hacer de esa jornada un gran día.







Alumna: Oriana García
Carrera: Prof.  Lengua y Literatura
Escritura final del cuento: “Hoy puede ser un gran día”
Emprendí el regreso a casa, con mil ideas en mi cabeza, sentimientos opuestos, en otro momento el ofrecimiento sería tocar el cielo con las manos, pero ahora….. una gran incertidumbre
Todas las aspiraciones de cambiar el mundo que tenía cuando estaba en el profesorado, las ganas de cambiar la historia, me sentía un fracasado pero, lo más doloroso era darle la razón  a mi papá.
Absorto en mis pensamientos llegué, Gipsy intentó contagiarme su alegría, siempre moviendo su colita, me encerré en mi habitación y dormí, ya no quería pensar en tomar ninguna decisión.
Muy temprano me despertaron unos golpecitos en la puerta, que me ayudaron a salir de una terrible pesadilla, en la cual D’Ambrosio era un gigante que abría sus fauces y caía en un túnel oscuro y todos los alumnos del 4° año aparecían burlándose, la figura de mi padre apareció con un mate en la mano.
Mi sorpresa fue tal que no podía reaccionar, Gipsy entró corriendo y se subió a mi cama, me restregué los ojos y dije:
-       Me asustaste, buen día
-       Hola, no seas flojo, tampoco soy tan feo
-       Y, la verdad que hace mucho tiempo no me despertabas con una mate, gracias viejo, lo necesitaba
-       Pero mira la cara que tenés, ¿estás enfermo? ¿qué te pasa? Con tu madre estamos preocupados. Últimamente no sos el mismo.
-       Uno crece y la vida se va complicando
-       Mmmmm.. ¿si? ¿Tan complicado esta tú trabajo?
-       Nunca dije que mi trabajo fuera complicado, o sea el problema
-       ¡¡¡¡Vamos!!!! No trates de engañarme, mira que te conozco y muy bien. Dale contá
Me levante, fui al baño, me levé la cara, me vestí, mientras mi padre cebaba mates sentado en mi cama. Decidí que más allá del sermón que podía darme, necesitaba hablar con él. Me relajé, regresé a la habitación, me puse cómodo y comencé el relato de mi experiencia como profesor, mis frustraciones, mis dudas y miedos. De la indisciplina generalizada, la falta de interés, el manejo del líder D’Ambrosio, cómo no lograba llegar al grupo.
Él escuchó en silencio, con gran atención, asintiendo con la cabeza, rascándosela por momentos, mirando por la ventana en otros. Cuando finalicé mi exposición, sentí un gran alivio, como si me había sacado un peso de encima, es más me sentía fuerte para escuchar el  te lo dije”, de mi padre.
            Para gran sorpresa, dejó el mate, me miró fijo y dijo:
-       Marcelo, ¿te acordas cuando eras chiquito y no podías andar en bicicleta? ¿qué hicimos con tu madre?
-       Sí, me sostuvieron una y mil veces hasta que logré equilibrio, y me enseñaron distintos modos hasta que lo pude hacer por mí mismo, recuerdo lo feliz que estaba.
-       Exacto, una y mil veces, de todas las formas posibles. No de la forma que a nosotros nos parecía la correcta o la indicada. Sabes hijo, cuando nos transformamos en padres nadie nos enseña, y lo único que nos interesa es que ustedes estén bien, crezcan sanos y encuentren su camino. No voy a negar que cuando decidiste estudiar el profesorado sentí una gran tristeza, con el tiempo me di cuenta que fue mi egoísmo, porque pensaba que serías feliz con otra profesión, después con el tiempo, al verte tan contento con tu elección, entendí que eso era lo correcto. Por eso, lo único que puedo decirte ante  tu primer obstáculo en la vida, de la vida que vos elegiste, lo cual significa que las respuestas las tenés que construir desde tu interior. Nadie te va a resolver el problema, ni tus directivos, ni tus alumnos. Decime ¿qué sabes de ellos? ¿por qué son tan agresivos? ¿sabes qué les gusta? ¿qué hiciste para acercarte a ellos realmente? Pensalo.
Nos dimos un abrazo, de esos que hacía mucho tiempo no sentía.
Gipsy me acompañó a la puerta, el día estaba hermoso, un sol radiante, hasta pude disfrutar el canto de los pájaros, las palabras de mi padre todavía me resonaban en los oídos y me di cuenta que tenía razón no podía tirar todo por la borda, y sus consejos, sabios, como siempre.  Sentí que había madurado.
El lunes a primera hora voy a hablar con la Directora, ahora, a disfrutar las vacaciones, me espera un gran año de trabajo por delante.

María Fernanda Lescano.
Parcial. Taller IV. Final del cuento:
Hoy puede ser un gran día.
Cuando salí del despacho de la vice, mi cabeza era un torbellino. La propuesta de quedarme con las horas de la profesora Carrillo fue  verdaderamente inesperada; y lo que debía ser una buena noticia, en mi interior cobraba la forma de un grillete con una bola de doscientos kilos del que no podría zafar tan sencillamente. “Así que, si está de acuerdo, las horas son suyas hasta fin del año que viene. ¿Qué le parece?... ¿Qué le parece? La voz de la mujer resonaba en mis oídos mientras avanzaba por la galería del colegio. ¿Qué, qué me parecía? El dictamen de mi sentencia. La resolución de una condena a cumplir el año próximo, con el agravante de que, en el medio, se sumaba el suplicio de pasar una vacaciones pésimas, preparando las materias que debía en el instituto, pensando en la planificación de mi cátedra, estudiar y repasar aquellas cosas “flojas” que tenía, para evitar papelones frente a esos monstruos y harpías que, con sonrisitas y aliento a chicle tutifruti, se las ingeniaban para ponerme a prueba…Y del otro lado, la tribuna caliente: la mirada sarcástica de mi padre diciéndome: “Viste que yo te lo decía… Tiempo perdido”; los directivos del colegio esperando la respuesta lógica a semejante oportunidad: “No nos va a rechazar, Acosta. Lo hemos elegido aún cuando no es profesor recibido. Sería de un mal gusto y un  desagradecimiento total.” Y en el último banquillo, yo mismo: “Sos un gil y un cobardón…un puñado de mocosos te están espantando de la escuela como si fueses una rata. Sí, una rata que tendrá que correr a esconderse entre las pilas y pilas de apuntes y libros juntados inútilmente en los últimos cuatro años.
El timbre del recreo sonó como nunca, taladrando mis oídos. Quedé paralizado frente a la escalera de donde comenzó a bajar aquella torva enfurecida de adolescentes que me empujaban sin clemencia y me pisaban sin disculparse ni siquiera por error.
Intenté mirarlos de otro modo, descubrir en ellos alguna razón por la cual quedarme allí, pero ni bien comenzaba a delinear  imaginariamente sobre sus rostros una dulce y fresca mirada, un efecto como de ensueño los iba desdibujando hasta que aparecían las flamas del infierno y los trazos endemoniados de aquellos Seres del Mal… No, era im-po-si-ble. Definitivamente no me quedaría. Al terminar el año, le propondría a mi padre trabajar en el negocio hasta tomar alguna otra decisión. De mientras, seguiría con mi grupito de alumnos particulares, con el cual despuntar el vicio y tener, de paso, una moneda en el bolsillo. Una semana en las playas de Cariló con mis amigos, me estaban esperando. Sin dudas.
                                                

Las noches que transcurrieron ese fin de semana largo, fueron atormentantes. Luché, en sueños, con mis enemigos y me senté tres veces frente al tribunal que, gota a gota leía una sentencia en la que se me declaraba: FRACASADO y a continuación se escuchaba el lacónico sonido de un sello puesto sobre el título de “Teacher of English”.
Mi padre, que me había observado en silencio durante todo este tiempo, se sentó junto a mí, mate en mano, el lunes a la mañana, aprovechando que no abría el negocio y yo tampoco iba a la escuela. Comenzó a hablarme del partido del domingo, de los problemas con el contador, hasta que, silencio de por medio me preguntó:
-¿Estás bien?, digo…con lo de la escuela.
- La verdad, no.- le contesté, cortante-. Al final, creo que te voy a dar la razón, viejo. No es lo mío. ¡No me puedo acomodar! ¡No me dejan, son un infierno! Tan maleducados, irrespetuosos, insolentes, brutos. ¡Sí, eso son! ¡Brutos, animales! ¿Qué digo animales? Bestias. No tienen el más mínimo sentido de humanidad… se abalanzan sobre uno sin piedad, sin comprender que ¡Yo-también-soy-humano! Y me equivoco, siento, dudo…y me esfuerzo por ser cada día mejor, pese a todo. Estudio y preparo cada clase para ellos, busco material atractivo para que no se aburran, llevo “recursos tecnológicos” para no desentonar con sus cerebritos cibernéticos y sus “ondas video clip” y la sarta de…
Sin darme cuenta, estaba gritando como un loco frente a mi pobre padre que no levantaba la mirada del mantel floreado. Me tomé la cabeza entre las manos, respiré hondo y comencé a llorar. A llorar todas las lágrimas que había estado juntando en todo este tiempo del reemplazo.
-Ya está, hijo- dijo mi padre, calmado como nunca-. Mirá, yo no tengo tus estudios, y quizá nunca sentí realmente una “vocación”, esa que vos me dijiste un día que tenías. No sé,  creo que jamás me animé a pensarlo, si quiera. Hmm, sos un privilegiado…
 Lo que sí te puedo decir, desde mi lugar y mi experiencia, es que “enseñar” no es fácil, no es un juego, al menos no es uno que todos puedan jugar. Pero, aun para aquellos aprendices, para aquellos principiantes que tambalean en el tablero, cada partido es un desafío. Recordá esto, hijo: El peor partido, es siempre el que no se juega…pensalo.
Por primera vez  en la vida, había escuchado realmente a mi viejo, y sus palabras fueron como un toque mágico que abrió mi cabeza y mi corazón. Fueron sabias y absolutamente reparadoras y esa noche pude dormir tranquilo, abrigando una esperanza para mí.
                                                              

El martes la escuela era un caos, bueno, como siempre, pero con el plus del fin de semana largo que  nadie quería abandonar. Sin embargo, yo me sentía como renovado y caminé por el pasillo hacia mi aula sonriente y liviano. Al entrar al salón, los chicos estaban alborotados como de costumbre, pero al verme parado en la puerta, me saludaron contentos y se acomodaron rápidamente. Luego de llenar el parte, levanté despacio mi mirada hacia ellos y los vi distintos. Una de las chicas de la fila del medio, levantó de pronto la mano, se acomodó el flequillo y  me dijo casi a los gritos:
-La preceptora nos contó que la profe Carrillo se toma licencia el año que viene… Usted se va a quedar con nosotros, teacher, ¿no?
Aquello pareció una invitación, un pañuelo blanco agitándose en la polvareda, una tregua divina…
 Entonces, me paré junto al escritorio, alcé mi cabeza, enderecé mi cuerpo y sin dudar, con mi mejor voz, contesté a los veinticinco pares de ojos que me miraban en silencio:
-Efectivamente. Me quedo. ¡Me quedo para enseñarles el mejor inglés del mundo! I have a pomel- y reí con ellos, por primera vez.
Cuando sonó el timbre, corrí a la dirección para darle mi respuesta a la Directora.
-Me alegro muchísimo de que se quede con nosotros, Marcelo. Además, veo que los chicos están bien con usted.
-Bueno, sí, de a poco nos vamos entendiendo. Son adolescentes…usted. sabe, hay que tenerles paciencia. A veces me cuesta entusiasmarlos…
-Bueno, pero parece que se han entusiasmado bastante. Ese proyecto del “Diccionario Argeninglish”- ¿así se llama?- que me mostraron sus alumnos el viernes a la tarde, está muy bueno e ingenioso. ¡Armar un diccionario con términos argentinos traducidos al inglés, me encantó! Le confieso que cuando  D’Ambrossio entró a mi despacho con el borrador en la mano, primero me asusté (usted sabe lo que es ese chico), pero se lo veía tan contento, porque por primera vez lo dejaban participar en algo que no fuera alguna “travesura”. Le doy la bienvenida, Marcelo. Vaya ahora a su casa a celebrar. Seguro que esta va a ser una buena noticia para la familia.
Salí de la escuela como si me hubiesen hecho una transfusión de sangre. Subí al colectivo con la sensación de ser un hombre nuevo. Una chica se sentó a mi lado y encendió la radio de su celular. Aquel tema de Serrat, empezó a sonar suavemente y no pude contener las ganas de cantar:
“Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así…”
profesor, aula, el suyo, poco, feliz, estudiantes







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