domingo, 12 de agosto de 2012

"Hoy puede ser un gran día..." El final de LUCIA

Aquí va el final del cuento imaginado por Lucía Rodríguez (Prof. Filosofía).
¡Gracias Lucía por este relato que nos invita a pensar!





El estar-siendo.

           

            -Lo voy a pensar y le aviso en la semana.

            Mi condena a la posibilidad de una existencia miserable, frase que desnudaba la peor situación a la que me enfrentaba.

            Esa semana fue una tortura, el problema no era tanto el sí como juntar coraje para decidirme por el mismo, en realidad no había decisión, mi ethos me impulsaba a atravesar el umbral de la afirmación. Mentalmente quería escapara a mi mismo, pensaba que sublimar a través del odio hacia el recuerdo de los docentes que me formaron en el instituto, que me movieron hacia mis actuales convicciones, me liberaría de tener que levantar el teléfono y tener que decir: “Sí señora directora, tomaré el reemplazo por lo que resta de la licencia de la docente titular”. No era así, rodeaba el patio de mis penumbras y allí estaba de nuevo, lo evidente, sabía que tenia que decir que sí, pareciera como si al ingresar al instituto de formación cayéramos en una gran máquina donde se nos suprimieran las angustias o por lo menos la capacidad de caer ante ellas, y pasáramos a ser meros entes que acatan ordenes en un tiempo determinado, récord en algunas situaciones, todo una cultura del deber ser por el deber ser mismo, debo ser docente allí donde me necesiten, era una idea muy seductora, yo era el elegido que llevaría a esa masa amorfa el cincel para dar la forma a la que ellos meros mortales estaban llamados a ser, pero que lamentablemente en su triste ignorancia no comprendían, o en palabras más simples de mi padre “un grupo de pelotudos a los que no les importa nada de lo que les puedan decir”, ni una afirmación ni la otra me corría la decisión de mi horizonte, las horas cátedras estaba allí esperando mi sí o mi no, en realidad mi si, éticamente no podía dar vuelta la cara, debía hacerme cargo de aquello a lo que yo mismo me había embarcado.

            Esa semana tuve una charla con mi papá, o lo que yo consideraba una charla, pero que seguro para el común las personas no sería más que un oír los retos de una persona que se cree libre para decir “te lo dije”, porque ciertamente me lo dijo, es verdad él me había advertido que me busque un trabajo como el de su negocio, o  que él me lo cedía y yo podría vivir tranquilo, aun me sigo preguntando ¿qué es vivir tranquilo? En realidad me pregunto ¿qué es vivir?, pero esto seguía siendo, en estos instantes de mi vida donde el reloj corría, una sublimación, una distracción de mi cobardía para no decir sí.

            Ese viernes llamé a la escuela y confirme mi presencia en el aula por lo que restaba del año lectivo, sinceramente esperaba las trompetas del otro lado del teléfono, pero nada aconteció mas que la frialdad fluyendo en la voz de esa mujer que me contestaba que me esperaban ese mismo lunes.

            - ¿Y nene? ¿Estas contento?

            Silencio de mi parte. “No papá, no estoy contento, estoy mas asustado que nunca en mi vida. No quiero volver al aula, no a esa aula por lo menos. Pero no comprendes que no me queda otra cosa por hacer. Nunca pensé que esto iba a ser tan difícil, tan duro, pero es lo que una vocecita me dice que es lo que tengo que hacer” Quise contestarle todo esto pero me limité a decirle simplemente: “Sí”, obviamente no me creyó.

               Pasé todo el fin de semana planificando las clases, esbozando ese mes de tortura, pensaba qué cara iba a poner cuando entrara nuevamente al aula, y pensé en sus rostros, en esos entes demoníacos con dientes afilados y sedientos de mi dolor.

            El fin de semana pasó, y ese lunes me vestí y salí hacia la escuela a primera, no quise pasar por la sala de profesores, no quise escuchar recetas de cómo dar mejor la clase, ni quise sentirme un recetario a completar. Me encaminé directamente al aula y allí estaba Natalia en la puerta con su misma cara de desesperación esperando que alguien llegue para irse ya. “Suerte”. No contesté, iba a necesitar una ayuda divina, más que un crucifico para enfrentar este juego.

            Entré, me pareció que el aire estaba viciado, me pareció simplemente, algo me advertía que no era realmente así, todos estaban en silencio, los observe uno por uno, reconocí al querubín sentado al fondo, tal y como lo había dejado cuando me fui. Querubín así había determinado en llamarlo por su cara de bueno, me pareció un buen engaño a mis prejuicios, para poder sobrellevarlo, para reducir la ansiedad ante el deseo de romperle la cara contra la pared cuando comenzara a alterar el ambiente. No se tal vez fabricarme herramientas para salvarme de la boca del lobo.

            Todo esto pensaba y mientras lo pensaba escuche la voz de la niña melosa del frente diciéndome:

            -Mister volvió.

            La novia del Querubín me dije, en el recreo pensaré un nombre para ella. Decidí no contestarle. Quise comenzar a tomar asistencia, en ese momento todo se nubló y ya no recuerdo mas nada. Desperté en el despacho de la directora junto a la secretaria y una portera con una taza con agua azucarada en la mano.

            -Profesor ¿me escucha?, ¿cómo se siente?

            Quise hablar pero un fino balbuceo incomprensible asomó por mis labios. Me quise poner de pie pero solo atiné a sentarme sobre el escritorio.

            -Ya estoy mejor

            -¿Qué le ocurrió?

            -Nada… todo. Ya me siento mejor. Estoy muy bien, ¿qué hora es?

            -Las 10:40 hs.

            -Huy ya se terminó la hora de inglés.

            La portera y la secretaria se miraron sin saber que decirme. Y me dijeron que me vaya a mi casa aconsejándome que guarde reposo hasta mañana. Hice lo que me pidieron. Cuando volvía a casa me repetía a mi mismo, “¿qué te pasó?, ¿qué te pasó?, ¿qué Me pasó?” nada, sin respuesta. Opté por hacer como si nunca hubiera pasado ese suceso.

            Al día siguiente retorné al aula, ciertamente yo podía simular que no había pasado nada pero no los alumnos y menos que menos el Querubín, sabía que me diría algo.

            Natalia en la puerta del aula con cara de desesperación. “Suerte”. Entro al aula mirando a todos los rincones y todo estaba igual, era impresionante como ese lugar tenía la peculiaridad de no aceptar el paso del tiempo. Saludé y me respondieron con un saludo al unísono. Misteriosamente ese día prestaron atención, participaron en la solución de las actividades, era cosa de brujería lo que acontecía allí, lo inesperado. Cuando salí del aula pensé: “fue solo por hoy y no va a volver a ocurrir”. Misteriosamente a la clase siguiente todo volvió a ser tranquilo, silencio, escucha, preguntas con respeto, otra vez un milagro. Y así a la clase siguiente, a la siguiente, y a la siguiente. Deje de preguntarme, de preocuparme y me acomodé para desenvolverme como el gran docente que había olvidado que era.

            Una de esas maravillosas clases ocurrió, el Querubín no lo soportó mas y arrojó de la nada una pregunta asesina: “¿cuándo se va a dar cuenta de que sus clases son aburridas y no sirven para nada?” lo miré y creí que el mundo se me caía a los pies -otra vez- como el día del desmayo, creo que esa fue la razón de que me desmayé necesitaba comprobar que aun tenía los pies en el suelo, necesitaba caer y encontrarme, saber donde estaba gravitando. La diferencia era que esta vez sabía donde estaba yo y donde estaba el Querubín, le contesté que de lo único que me daba cuenta era que yo era más que todas las bromas y humillaciones por las que ellos podían hacerme pasar, y que ya no me interesaba si querían o no oírme, que yo estaba allí, que estaba y que no me iría en tanto ellos sigan estando también allí delante de mío, “ustedes no lo van a entender, a mi también me costó comprender que no puedo entender lo que esta ocurriendo aquí, pero lo más tonto sería pretender nombrar algo que quiere permanecer oculto”, bueno lo que ocurrió después es lo que ocurriría en cualquier aula llena de adolescente frente a un loco que les habla como místico, comenzaron a retorcerse por las risas, y automáticamente y sn explicación dejaron de hacer los deberes, necesitaba el guiño de ojo de su carismático líder.

            Pasaron los días, las semanas, los meses, terminó el año, terminé como pude, aún sigo pensando si esa respuesta fue mi bandera blanca, mi rendición, ellos por lo visto lo tomaron de esa manera, yo solamente me instalé allí y ese fue el comunicado de alguien que se da cuenta que esta en un lugar y no se moverá de allí porque está siendo en ese lugar, y se debe el desenvolvimiento propio desde allí, como una autodonación.

            Pasó el tiempo y los exámenes finales, demás esta decir que el Querubín se llevó inglés a marzo directamente, pero terminó aprobando forzadamente pude hacerle comprender que debía darme las respuestas en inglés para poder aprobar inglés. Como dije, pasó el tiempo, cumplí años, envejecí o maduré –como prefieran verlo- trabajé en distintas escuelas y olvidé al Querubín.

            Una mañana me levanté como todas las mañana, desayuné y decidí que el día estaba muy lindo como para quedarme en casa, por lo cual decidí salir a pasear. Caminé tanto como mis pies me impulsaron, fue así que llegué hasta esa escuela donde había dado mi primer reemplazo, los niños de los primeros años estaban saliendo y a muchos los esperaban sus padres en la puerta, en eso lo vi corriendo hacia mí, no podía ser, era un sueño, un espectro del pasado que volvía, era su mismo rostro de Querubín pero en proporciones y dimensiones mas pequeñas. Paso a mi lado como una estrella fuga y fue a dar a los brazos de un hombre de similares características. Me quedé contemplándolos un instante y entonces lo reconocí, allí estaba, el rostro más fuerte, los brazos mas gruesos pero allí estaba, el verdadero Querubín, el Mío, para aquel que nada de lo que yo dijera tenia sentido. Al parecer me frené en ellos durante largo tiempo porque escuché que me gritaba “Mister”  jovialmente, como quien saluda a un viejo amigo con el que se re-encuentra. Me acerqué despacio y él, con su niño en brazos dio los pasos necesarios para completar la distancia que nos separaba.

            -“Mister, ¿cómo esta tanto tiempo?”

            -Muy bien, ¿a usted como le va?

            -Muy bien, cómo ha pasado el tiempo, parece que fue ayer cuando estaba en el aula con usted al frente.

            -Así es.

            -Recuerdo la manera en cómo se calló ese día frente al curso, se que era terrible en el aula como aluno, pero sinceramente nos preocupamos en ese momento por su salud.

            De todos los momentos justo tenía que recordar aquel. Intenté desviar el tema hacia otra dirección, para hacerlo olvidar de esa humillación. Así que pregunté:

            -¿Su niño?

            -Sí, Gabriel, no va a creer lo que le voy a contar pero él dice que cuando crezca quiere compartir lo que sabe con las demás personas. Creo que podría ser un gran docente.

            En ese momento no supe que responder, no entendía por qué me contaba aquello.          

            -Bueno nos vamos porque mamá nos espera a comer, ¿no Gabriel?

            El niño le sonrió y escondió el rostro como nunca lo hizo su padre en mis clases.

            -Adiós Mister, uno de estos días con más tiempo nos podemos tomar un café y charlar despreocupadamente.

            -Adiós- dije rápidamente pero ya se había ido.

            “(…) él dice que cuando crezca quiere compartir lo que sabe con las demás personas. Creo que podría ser un gran docente.” Creo que entre todo lo que dijo esa fue la única frase que guardé en la habitación de mi memoria junto a esos rostros, no entendía por qué me lo dijo, no tenía la necesidad de hacerlo, simplemente lo dijo, como quien consagra un re-encuentro, como quien pide un perdón. Yo simplemente estaba allí y él también, era tonto pretender nombrar lo que se ocultaba detrás de ese acontecer.

            -Adiós Querubín.