lunes, 29 de octubre de 2012

Final del Cuento

Aquí está el "verdadero" final del cuento "HOY PUEDE SER UN GRAN DÍA". Su autor, por supuesto, es Charlie López.

 
HISTORIAS DEL AULA
de Charlie López


CUENTO: “Hoy puede ser un gran día” - FINAL


Durante diciembre traté de no pensar en nada que tuviese que ver con la escuela. Quería que fuese una barrera que separaba lo pasado de lo que estaba por venir. Me ayudaría a ver todo con más claridad y a entender lo que había ocurrido. Y así fue. Ese fin de año, en el momento del brindis, decidí volver al profesorado para terminar la carrera y tomar los tres meses de suplencia como una etapa de aprendizaje forzoso para ser mejor en el futuro. Debería, para ello, analizar en profundad cada momento vivido y desmenuzar mi conducta y la de los alumnos para entender qué había hecho mal y por qué.

Pasé la mayor parte de enero pensando. Me pregunté, entre muchas otras cosas, por qué había querido ser maestro: esencialmente porque prefería trabajar con gente y no con papeles, y porque me sabía bastante bueno enseñando. Me había probado con mis compañeros y muchos preferían mis explicaciones a las de los profesores de turno. También, porque veía la docencia como una carrera de grado de realización que excedía con creces la contraprestación pecuniaria. Algo en mi interior me decía que yo era distinto a muchos de los profesores que había sufrido en la escuela. Y creía que, por más pequeño que fuese mi aporte, podía ayudar a cambiar la educación y la manera en que los alumnos la sentían.

¿Por qué fracasé entonces? ¿Qué pasó?

Simplemente no había podido llegar a ellos. No me habían dado la posibilidad. O tal vez sí, y yo no me había dado cuenta. Por ejemplo, el silencio total del primer día. No lo había sabido aprovechar. Quiso probar mis teorías demasiado rápido. Quería saber si mi filosofía educativa funcionaba. Pero me estaban estudiando, querían saber cómo era, cómo reaccionaba y cuáles eran mis límites. Por eso, las preguntas y las provocaciones. Además, mi miedo a D´Ambrosio. ¿Pero miedo a qué? No sé, me costó admitirlo pero no había dudas, le tenía miedo. Y él lo sabía. De ahí el sometimiento del que me había hecho objeto: las miradas, los empujones en la escalera y el orden o desorden que a su antojo imponía en el aula.

¿Y yo qué? Nada. Nada de nada. Sonreía como un idiota y esperaba que el tiempo solucionara las cosas mágicamente hasta que un día cualquiera por fin me quisieran, me consideraran su amigo y me dejaran enseñarles.

La palabra “amigo” me sonó extraña. “¿Por qué tengo que ser su amigo?”, pensé. Si ellos ya tenían los propios. Además, yo era su maestro, su profesor, no su amigo. Y así debía ser. Ambos roles eran incompatibles. ¡Ahí estaba mi error!

Lo del cariño era distinto. Todos los maestros buscamos consciente o inconscientemente que nos quieran; cada uno a su manera. Hoy sé que ese proceso lleva tiempo y que no siempre se da; es el fruto de una combinación de trabajo responsable, trato justo y una dosis adecuada de contención. Además, depende exclusivamente de ellos. Mi desesperación por lograrlo había tenido el efecto contrario.

Cuando el análisis me generaba demasiada pena o estrés, paraba hasta el día siguiente, pero con la convicción de que debía continuar. Mirar hacia dentro duele mucho, pero ahí están la verdad y el antídoto con el autoengaño.

****

Otra manera de aprender, se me ocurrió, era tomar como ejemplo a los maestros y profesores que había tenido hasta el momento. Docenas, en mis diecisiete años de experiencia como alumno. Descarté el primario para concentrarme en la edad y la problemática que me preocupaban. Quería ver las cosas desde el otro lado, como en aquel entonces, para juzgar y decidir en qué me había equivocado y en qué no.

De un repaso exhaustivo de toda mi cursado en la secundaria deduje que la gran mayoría de los docentes había pasado sin pena ni gloria, sin dejar huella en mí. De cada año, recordaba a algún gran zafador, memorable por su falta de profesionalismo, por la injusticia con que ejercía el poder o por la facilidad con que rompía los códigos que él mismo había establecido. Entre lo más destacados estaban Ríos, el de Educación Democrática, y Pérez, la de Matemática de 2º, famosa por preguntar lo que no explicaba, tomar lo que no sabía y jamás devolver corregidos los exámenes. Pero sin duda el más siniestro de todos era Reyes, el de Contabilidad de 4º, un facho a ultranza que, además de no saber la materia, inventaba las notas con un descaro inapelable, a la vez que contaminaba el cerebro de un grupo de adolescentes inexpertos con ideas políticas extremas sin permitir cuestionamientos ni réplicas.

Sin embargo también pude rescatar por lo menos a un par de profesores que se había destacado por lo contrario. Me vinieron a la mente la de Castellano de 1º, la de Geografía de 2º y la de Historia de 3º.

Esta última nos había cautivado de todos desde el principio, haciendo, de una materia que aburría desde su propio nombre, un sinfín de anécdotas entrelazadas que milagrosamente se correspondía con el programa oficial.

-          ¿Qué piensa usted de Belgrano?

-          ¿Qué hubiera hecho usted en lugar de San Martín? ¿Cruza Los Andes o los espera de este lado? Explique por qué.

-          ¿Quién está de acuerdo con el fusilamiento de Dorrego? A ver, levanten la mano. No tengan miedo, digan lo que piensan…

-          Usted es Rosas. Se lo ve muy contento. ¿Qué le pasa?

 

Sus clases eran un desafío constante. Nos hacía pensar y nos permitía disentir. Leíamos de tantas fuentes como podíamos, aunque solo fuese para justificar nuestras opiniones. La esperábamos con ganas y, créase o no, lamentábamos si alguna vez faltaba. El timbre solía sorprendernos en medio de fogosos debates que deseábamos continuar, aun a costa del perder el recreo.

Su éxito, hoy me doy cuenta, tiene que ver con su persona, más que con la materia que dictaba. Habría hecho lo mismo con Matemática, Biología o Francés. Sus clases eran alegres, divertidas, llenas de vida y totalmente acordes con lo que sentíamos a esa edad. Nos permitía discutir las notas que considerábamos injustas y nos daba un sinfín de oportunidades para recuperar exámenes. Nunca se nos ocurrió que estaba trabajando. Por el contrario, parecía disfrutar intensamente de cada minuto de clase y se la veía feliz de estar entre nosotros.

En su curso había desorden, sí, pero de trabajo, como ella misma se lo explicó con total aplomo a un burócrata del Ministerio de Educación que había venido a observarla. Eran discusiones encarnizadas entre los que consideraban a Brown un patriota o un mercenario. O entre los que veían a Sarmiento como un visionario ejemplar o un vendepatria. No había tema del que no se pudiera hablar. Jamás descalificaba una opinión, tan solo pedía fundamentos.

Se compartía como una personal normal y no cambiaba de cara cuando entraba al aula. Era la misma en el curso, en el pasillo y en la Sala de Profesores. Su compromiso era mayúsculo. Hoy me doy cuenta de que, además de hacer que la materia nos gustara, estudiábamos para no defraudarla. Siempre tenía claro lo que tenía que hacer y lo decía con seguridad y cortesía, sin perder el control en momento alguno.

No imponía las cosas, solía explicar la razón de su proceder o de las órdenes que impartía, aunque nunca las sentíamos de esa manera. Algo que me llamaba poderosamente la atención era la forma en que comenzaba la clase: nos daba una suerte de bienvenida y solía contarnos cosas personales, intrascendentes, tal vez, pero que nos ayudaban a conocerla, y nos daba la posibilidad de hablar sobre nuestros gustos, intereses, miedo y ambiciones. Creo que aprendimos a respetarla a partir del mismo respeto que ella mostraba por nosotros.

En el profesorado lo que sobresalían eran los del Método, esencialmente por dictar clases que contrariaban las técnicas que nos obligaban a estudiar. Sorprendía la impunidad académica de algunos y la crueldad de otros, que disfrazaban la altanería de exigencia. Aun así rescaté al de Metodología 2, a quien, junto con la de Fonética 4, tomé como referentes en esta nueva etapa que comenzaba en marzo.

****

En febrero me inscribí en un curso intensivo de alemán para principiantes. Quería experimentar la enseñanza desde el otro lado. Mi experiencia en le tema no me servía, hacía ya demasiados años que había aprendido mis primeras palabras en inglés. Este tercer pilar sobre el que basaría mis estrategias de enseñanza para el siguiente año lectivo se complementaba perfectamente con la introspección que había practicado y el análisis de mis profesores de antaño.

La experiencia fue muy fructífera desde el principio. Cada uno de los integrantes del curso reaccionó de manera diferente cuando la profesora comenzó a hablar alemán desde la primera clase. Algunos se rieron, otros trataron de decodificar el mensaje con la persona de al lado y el resto esperó a que la cosa se hiciese más inteligible. El caso más extremo fue el de un hombre mayor que hacía el curso para entenderse con su nieta recién llegada de Alemania. Primero fueron suspiros audibles, luego gestos de irritación y finalmente la increpó:

-   ¿Por qué no habla un poco de castellano? ¿No se da cuenta de que aquí nadie entiende nada?

La profesora, sin perder la compostura, le explicó por qué lo hacía. Eso creo, porque lo hizo en alemán. Después de esa clase, el hombre no volvió. Ese altercado me hizo reflexionar sobre las ventajas y desventajas del monolingüismo en las clases para principiantes.

En otro orden de cosas, también descubrí que las risas o la conversación con un compañero no parecían tan intrusivas desde este lado, y que, como lo comprobé en distintas oportunidades, no siempre tenía que ver con el maestro o la calidad de su clase, como había temido a lo largo de mis tres meses de suplente.

En términos generales la clase es aburrida, muy aburrida. La hora no pasaba nunca. Muchos de mis compañeros, cansados a esa hora del día, necesitaban que los despertaran antes de que les enseñasen. También me pareció curiosa la manera en que la profesora se paraba en el aula. Siempre detrás del escritorio, nunca incursionaba en nuestro terreno, como si sintiera aprehensión o vergüenza. Solía dirigirse a los mejores y no hacía participar a los otros, lo que aumentaba el tedio de estos últimos.

Encontrar la parte del casete que debía reproducir le llevaba siglos, o por lo menos eso me parecía. Jamás estaba listo. Mientras trataba de encontrarlo, se hablaba a sí misma en alemán. A veces levantaba la vista como si supiésemos de qué se trataba. Cuando por fin lo hallaba, decía:

-          Ich habe es gefunden. Ja, Ja. Ich habe es gefunden. (Lo he encontrado)


En la tercera semana, todo cambió. Por un problema personal nunca aclarado, la profesora fue reemplazada por otra con una personalidad muy distinta. Para empezar, ya no me aburrí más. La hora pasaba rápidamente y todo se hacía con una gran dinámica. Parecía una película de acción. No había baches ni esperas. Generaba misterio antes de cada tema y , si bien hablaba en alemán casi todo el tiempo, lo hacía en castellano cuando explicaba gramática o vocabulario, lo que hubiere llevado mucho tiempo de otro modo. Lo sorprendente era que la metodología y los materiales que utilizaba eran los mismos. La diferencia era ella. Pero no era así. Desde mi óptica de maestro me percataba de que seguía a rajatabla lo que decía el libro, pero se permitía ciertas libertades cuando sentía que la clase se hacía densa. Usaba trucos elementales, como juegos o acertijos, con los que recuperaba nuestra atención, para luego seguir con la clase de manera normal. Se la veía siempre feliz y muy segura de lo que hacía.


¡Y llegó marzo! Y con él, la responsabilidad de volver a enseñar en el secundario, con todo lo que ello implicaba. En la Sala de Profesores la mayoría hablaba de las vacaciones, de los alumnos que habían repetido o de los cambios de horario que no les favorecían. Mi participación, salvo por un par de sonrisas e interjecciones neutras, fue nula. Estaba totalmente concentrado en la estrategia que habría de utilizar apenas pisara el aula. Durante el verano, además del análisis de mi situación, había discutido el tema con mi profesor de método y con una compañera con mayor experiencia. Había también leído varios artículos sobre la motivación, la disciplina y la psicología del adolescente.


En la puerta estaba Natalia. No fue sorpresa, no habíamos visto el día antes, cuando llevé papeles a la escuela. El griterío se escuchaba desde afuera. Cuando entré, hubo algo de silencio, pero no total. Caminé hacia el frente y escuché que me hacían preguntas. Esta vez no contesté ni tampoco sonreí. Me paré en la plataforma, firme, seguro e hice con la mirada una especie de paneo por toda el aula, como había practicado en el espejo. Pero no hablé y todos se callaron.


-       Controlalos con tus silencios- me había aconsejado mi amiga.


Hice una pausa prolongada y finalmente saludé en inglés.


Casi no hubo respuesta.


-       Me parece que no les quedó claro, los estoy saludando.- dije en voz baja y serena, con un lenguaje corporal acorde.


Me acerqué al escritorio y, antes de apoyar las cosas, controlé disimuladamente que no estuviese al borde de la tarima. Me senté, escuché un murmullo y levanté la vista. Fue increíble la sorpresa del alumno cuando lo llamé por su nombre.


-          ¿Qué le pasa, Álvarez? ¿No le quedó clara la consigna?


Natalia me había hecho un plano de aula y del lugar donde se sentaba cada uno. Además, para no cometer errores irremediables, me había dado una ligerísima descripción física de los más difíciles.

Otra vez, silencio total.

A partir de ese momento comencé la clase con un grado de respuesta y participación inéditas en mis tres fatídicos meses previos. Supe también poner orden a la salida. ¡Fue maravilloso!

Con solo mirarlo a los ojos mientras negaba con mi cabeza, logré que Álvarez, el nuevo aspirante a verdugo, desistiera de su intención de salir corriendo al recreo.

Era la primera clase, pero solo el principio de un largo camino en el que debería trabajar día tras día hasta lograr el clima que finalmente me permitiese ser yo mismo.

En las semanas que siguieron usé distintas técnicas y estrategias para lograr un control razonable y continuo. Entre otros, seguí el consejo de Parodi, mi profesor de Método.

-       Invadiles el territorio. Caminá entre las filas como si fuera tu casa, para que se den cuenta de que no les tenés miedo.

No fue fácil, porque sí les tenía miedo, pero lo hice, una y otra vez, hasta que me salió con naturalidad. ¡Y funcionó!

Muy en contra de mis principios, también utilicé ardides que hubiesen llenado de orgullo a Juliani, de haber sido uno de sus discípulos. Desautoricé desde la primera palabra cualquier tipo de comentario no requerido, subcalifiqué a alumnos sobresalientes por errores menores e intrascendentes e incluso, desde el fondo, denuncié faltas inexistentes sin nombrar a nadie en particular. Debía convencerlos de que tenía un control total sobre todos y cada uno de ellos.

Siempre seguro, sin gritar y con el vocabulario adecuado, detenía cualquier conato de violencia en mi contra. Me anticipaba, les leía el cuerpo antes de que ocurriera y me las paraba al lado. Milagrosamente, mi mera presencia desalentaba el intento.

Poco a poco me acercaba al clima ideal para lograr disciplina en base a motivación, tal como lo indicaba un de los artículos que había leído: “La motivación es la base de la disciplina, la que, a su vez, facilita un aprendizaje efectivo”.

-   Ya está- le dije un día a Parodi, con quien mantenía reuniones informales todas las semanas.

-   Tené cuidado- contestó-. No todo es lo que parece. Aguantá un poco más. Tenés todo un año para sacarte la máscara.

-   Y tenía razón, después de esa conversación hubo varios remezones que pude controlar sin problemas gracias al rol que todavía ejercía. Hasta que un día, a ya dos meses de empezadas las clases, algo en mi interior me dijo que no había peligro, que podía aflojarme y empezar a mostrarme como realmente era. Aun así, y eso no cambiaría nunca, debería siempre mantener una distancia que, de ser necesario, me permitiera retroceder sin destruir el ambiente que había creado.

-   Lo hice de manera gradual y les gustó. Les alegraba verme sonreír y, tal como dicen, se producía el efecto espejo: ellos también lo hacían. Este nuevo clima me infundió gran seguridad y pude distender las medidas de protección que había establecido. Ya no me preocupaban los diálogos o las risas entre ellos. No se me ocurría que tuvieran que ver con mi clase o mi persona. Controlaba el nivel de ruido con tan solo nombrar a quienes lo producían. Bastaba mirarlos e inmediatamente abrían el libro o se integraban a la clase. Esa importante dosis de éxito me alentó a preparar los finales de Shakespeare y Fonética 4 para julio de ese mismo año. Si todo iba bien, solo me quedarían las prácticas para obtener el título.

A mitad de mayo, con le permiso de la vicedirectora, invité a mi amiga del profesorado, a que observara mis clases. Necesitaba una crítica constructiva de alguien en quien confiara y que, a su vez, no afectara mi estabilidad laboral. Vio las tres clases en una misma semana.

Se sentaba en el fondo, miraba todo y tomaba nota. Los alumnos nunca supieron quién era y no les di la posibilidad de preguntar. El fin de semana siguiente nos reunimos en casa de ella y, mate de por medio, escuché su crítica.

Directa, y por momentos agresiva, detectó entre otras cosas, una manera extraña de pararme: tendía a no mirar a los que me daban problemas.

-   Aunque los niegues, están; te guste o no te guste, están- me dijo con gran convicción-. Enfrentalos o ganátelos. No sé, vos sabrás cómo, pero algo tenés que hacer. –Obviamente se refería al caso Álvarez.

-   Además, hacés participar siempre a los mismos, a los que ya saben o a los que estás seguro de que van a contestar bien. Dales la posibilidad a todos, no dejes que los rápidos anulen a los otros.

Con su mismo énfasis pude defenderme de acusaciones que me parecieron menores e infundadas; esa era otra de las ventajas de las críticas entre pares contra las que suelen hacer coordinadores ocupados o, pero aún, autoridades del área de castellano que no tienen ni idea de lo que están viendo pero sienten la necesidad de decir algo.

Poco a poco introduje cambios en mi manera de interactuar con los alumnos, especialmente con los lentos, que definitivamente favorecieron el proceso de enseñanza-aprendizaje y mi relación con la clase.

Ahora sólo me faltaba Álvarez y sus dos o tres seguidores. No interrumpían ni molestaban, pero resistían mi clase y mi presencia, y esto se manifestaba en la manera en que me miraban, el lenguaje corporal cuanto entraban o salían del aula y la escasa participación en las actividades. Pero tenía que haber un modo, un punto débil al que daba su condición de adolescentes, pudiera acceder sin que se dieran cuenta. Encontrarlo era cuestión de tiempo e inteligencia.

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Ya en junio la situación daba para empezar cada una de mis clases contándoles algo personal en inglés. Les hablaba de lo que me gustaba, de lo que hacía en mi tiempo libre, de mis vacaciones, de la música que escuchaba y de la que estaba de moda cuando iba a la escuela, entre muchos otros temas. En una oportunidad les traje un disco de mi época, no tan lejana por cierto, y se divirtieron mucho.

También les daba la posibilidad de que hiciesen lo propio. Con dificultad, pero con gran entusiasmo, me hablaban en inglés de lo que miraban por televisión, de las películas que les gustaban y también de su música y sus actividades fuera de la escuela. A excepción del foco hostil, atrincherado en el fondo, todos participaban activamente en la clase.

Un jueves, cuando faltaban diez minutos para que terminara la hora, distribuí banco por banco una fotocopia con una actividad basada en una canción.

-   Este es un tema de una de mis bandas favoritas- les dije, aunque no era cierto.

Álvarez se sorprendió cuando vio de quién se trataba. Había escrito su nombre en cada rincón del pupitre, en la carpeta y a veces en la palma de sus manos. Su emoción al escuchar los primeros acordes de “Friday I`m in Love” fue mayúscula. Parecía otro chico. En realidad eso es lo que era: un chico al que, aparentemente, le había encontrado un lado vulnerable. Fue su primera participación en tres meses de clase. Cantó, se sonrió y hasta descubrió un error deliberado en la información que sobre el grupo escribí al pie de la página.

Al final de esa clase les informé que pronto, si conseguía la letra, prepararía otra actividad con música.

-   Me gustaría hacer algo con la canción “Every Breath you Take”, por The Police. ¿La conocen?

Otro de los favoritos de Álvarez: llevaba un stícker gigante de la banda en la parte de atrás de su mochila.

La semana siguiente, cuando entré al aula, encontré la letra sobre el escritorio. Se lo agradecí sobriamente y le gustó. Además lo nombré un par de veces cuando hicimos la actividad.

El remate de mi estrategia, después de ese día, fue alentar a distintos grupos a preparar clases especiales sobre bandas de música, cantantes o películas que les interesaran. Podían traer pósters, DCs, o vídeos, y tenían que hablar sobre ellos durante quince minutos.

No es necesario aclarar que Álvarez y dos de sus amigotes fueron de los primeros en participar.

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En julio aprobé los finales que me faltaban y en agosto comencé con las prácticas en un colegio de Flores. A pesar del abuso que típicamente hacen los alumnos del practicante, todo me fue muy bien. Nervioso pero seguro, me desplazaba por el aula con familiaridad y sin miedo, motivando, seduciendo y alentando la participación de todos. Los comentarios de Parodi en mi cuaderno de actuación eran elogiosos y me impulsaban a ir por más.

En la escuela todo andaba de maravillas. Los chicos participaban activamente en cada una de mis clases y además me acercaban canciones, poemas y artículos de diarios y revistas con los que preparaba actividades lúdicas en recompensa por su interés. Fue durante uno de esos juegos, mientras monitoreaba el trabajo de los distintos grupos, cuando descubrí que Álvarez sabía mucho más delo que demostraba. Esperé un par de clases y un día hice un breve spech, sin mirarlo, por cierto, sobre la suerte de los chicos que estudiaban aparte. Les dije que ese había sido mi caso y que mis compañeros apreciaban mi ayuda, lo que además me había servido para reforzar mi conocimiento del idioma.

Así fue como Álvarez y Menéndez se ofrecieron para el rol de class helpers, un título que acuñé para darle jerarquía a su tarea, que desarrollaban con dedicación y alegría dentro y fuera de mi clase.

En septiembre, con la autorización correspondiente, celebramos el Día de la Primavera con leche chocolatada y facturas. Después de veinte minutos de ejercitación para una prueba programada para la semana siguiente, di por comenzado el picnic. Seis alumnos, dos por fila, pasaron banco por banco entregando tres medialunas a cada uno, mientras otros servían y distribuían la chocolatada en vasos previamente dispuestos para esos efectos. ¡Qué orgullo cuando los vi caminar por toda el aula con total libertad y a la vez compostura! Hablaban y se reían con naturalidad mientras escuchaban la música que ellos mismos habían traído. Ese era el triunfo de otra manera de ver y sentir la enseñanza. Se había creado un espacio común y amigable para que todas las partes involucradas compartiésemos la aventura de enseñar y aprender. Ya no era un sabelotodo que impartía conocimiento con omnipotencia, infalibilidad y soberbia, sino un facilitador de contenidos, medios y estrategias para que juntos lo lográsemos. Los canales de comunicación con todos y cada uno de ellos estaban abiertos.

Por ellos habría de circular no solo mi modesto saber, sino también muestras de mi responsabilidad, mi dedicación y mi sentido de la justicia. De su parte recibiría indicios de los resultados y también críticas, a las que debería estar atento para yo también, seguir aprendiendo.

***

Para octubre programé dos salidas: una visita guiada en inglés al Museo de Bellas Artes y una excursión al Tigre, con un viaje en lancha incluido. En noviembre fuimos al Cervantes a ver Hamlet, para la gran mayoría su primera experiencia teatral.

Faltaba ya muy poco para que terminaran las clases y con ellas mis funciones en la escuela. La profesora Carrillo ya había anunciado su reincorporación para el siguiente año lectivo.

Durante las últimas dos semanas dediqué parte de la clase a que me contaran sus proyectos para cuando terminaran la escuela. ¡Cuántos planes e ilusiones se ocultaban detrás de aquella indiferencia del primer día!

En la fiesta de fin de año, a la que me habían pedido que no faltara, me entregaron un pergamino firmado por todos, con un encabezamiento inolvidable: “Para nuestro profesor más querido”. No fue en público. Por el contrario, me lo dieron fuera del Salón de Actos, cuando ya todos se habían ido. Esa muestra de cariño por humilde que fuere, confirmaba que no me había equivocado. Tal vez, como vaticinó mi padre aquel día, nunca sería rico y debería correr de colegio en colegio para sumar un salario digno, pero aún así lo prefería. Ser maestro me daba la posibilidad de trabajar y ser feliz, algo que lo que no podían jactarse muchos de los ejecutivos nerviosos que quintuplicaban mi sueldo en lujosas torres de vidrio con vistas al río.

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Para la colación me puse un traje gris, una camisa rosa muy atrevida para la época y, como recordatorio de todo lo que había aprendido y de lo que aún me faltaba por aprender, la misma corbata que había usado cuando comencé la suplencia. Mi madre, feliz hasta la médula, me avisó que asistiría con mi prima. La invitación había estado ahí, en la cocina, sobre la heladera, durante más de quince días, sin que mi padre hiciese comentario alguno.

Lo había elegido a Parodi para que me entregase el título. Él era parte de mi éxito y de la felicidad que sentía. Cuando me llamaron, no pude pararme. Me quedé duro, con la vista en blanco y la sensación de que cientos de personas me miraban. Volví a la realidad de un empujón: era mi amiga.

-   ¡Qué te pasa, boludo!  ¿Esperaste todos estos años y ahora no querés ir?

Me temblaban las piernas y la distancia hasta el frente me pareció eterna.

Cuando subí al escenario, Parodi estaba sonriendo y a su lado… no podía creer lo que veía: a su lado estaba un hombre tosco, de cabello raleado pero esta vez de mirada tierna. Tenía un diploma en la mano y apenas podía hablar. Sólo atinó a decirme:

-   Estoy muy orgulloso de vos, hijo- y después me abrazó.

Esa mañana no había escuchado ninguna canción que me augurara un buen día, pero aun así lo fue, definitivamente lo fue. Tal vez el mejor de mi vida.